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Fútbol y Valores en una institución penal: cómo Mauro Amato transforma el juego colectivo en una herramienta de inclusión social en La Plata, Argentina

  • luis72233
  • hace 6 días
  • 7 Min. de lectura

Fútbol y valores: lo que el deporte todavía puede transmitir, lejos de los estadios

Todos pueden jugar al fútbol. Con o sin botines, solo hace falta una pelota para divertirse. Es precisamente por eso que es uno de los deportes más jugados en el mundo: su costo es casi nulo, sus reglas se aprenden en cinco m


inutos y la cancha puede ser cualquier superficie plana. En su origen, el fútbol es un deporte popular, portador de cooperación, esfuerzo y respeto por las reglas. Siendo un deporte de equipo, lo colectivo está por encima de lo individual y el objetivo común vale más que la victoria individual.

Pero un día, algo se transformó. La pasión se convirtió en negocio, los jugadores en activos financieros y los clubes en marcas. Los jóvenes con talento son identificados cada vez más jóvenes, valorados, transferidos, explotados. Detrás de la diversión de jugar, se instaló la industria con sus intereses económicos, sus lógicas de rendimiento y sus excesos. Hoy hay dos formas de fútbol: el juego popular, que lleva solidaridad, y por otro lado, una industria globalizada parece haber perdido su esencia.

Es en este espacio de tensión que nace el proyecto Fútbol y Valores, y la historia de Mauro Amato, un ex-futbolista profesional argentino, que eligió devolver al fútbol su sentido original: conectar con la gente, en lugar de fabricar futbolistas.

Es exactamente este tipo de iniciativas que Iniciativas Regenerativas busca documentar y visibilizar: prácticas donde el deporte se convierte en una herramienta de cuidado, inclusión y reconexión con lo vivo. El enfoque de Mauro es un ejemplo potente e inspirador.


Cuando el cuerpo se convierte en negocio: la industrialización del fútbol


Detrás de la belleza del juego y la emoción de los estadios, el fútbol se ha convertido en un universo donde el cuerpo es un negocio. Cada rendimiento, cada velocidad de sprint, cada estadística de pase se mide, se registra y se compara. El futbolista ya no es solo una persona que juega, es un valor comercial.

¿Conoces la historia que cuenta Carlos Tévez sobre su época en Manchester United? Cuando se enteró que Cristiano Ronaldo llegaba más temprano que todos para entrenar, quiso enfrentarlo y llegar antes que él. Pero al entrar al gimnasio, Cristiano ya estaba ahí. Al día siguiente, Tévez puso la alarma más temprano y Ronaldo también. Al final nunca pudo llegar más temprano que Cristiano. Es una buena historia de perseverancia, cierto. Pero también muestra cómo la obsesión por el rendimiento poco a poco invadió el deporte, muchas veces a costa del descanso y del simple placer de jugar.

Mauro Amato resume este cambio en una frase: "Hoy... es una fábrica para hacer futbolistas. Los chicos son números". Este control constante del cuerpo moldea una cultura de rendimiento absoluto donde el fracaso no tiene cabida. Mauro lo lamenta: "Ganar a cualquier costo... el juego limpio ya no existe... me desencanté del fútbol, ya no es puro."

Investigadores como Jasmin Peco (The Commercial Aspect of Football, 2023) hablan de un deporte burocratizado, donde la explotación del cuerpo prima sobre la diversión de jugar. Vaughan y colegas (2022) añaden que esta obsesión por el rendimiento individual ahoga los aprendizajes colectivos y alimenta la rivalidad constante.

Este modelo híper-competitivo va aún más lejos en sus consecuencias y los efectos de esta mercantilización no se quedan en los límites de los clubes. De hecho, cuando el cuerpo se convierte en negocio, atrae a los especuladores. Miles de jóvenes en todo el mundo son reclutados por agentes sin escrúpulos, enviados al extranjero con la esperanza de una carrera profesional. Muchos terminan abandonados, sin contrato ni recursos. El informe de ISS Africa, Going for Gold (2021), describe este fenómeno como una forma moderna de trata vinculada al deporte: la búsqueda del próximo genio alimenta un mercado paralelo donde el sueño se convierte en mercancía.

Así, la competencia del fútbol mundial ya no se limita a las canchas: se extiende a los cuerpos, a las trayectorias, a las vidas. El deporte que debía unir termina a veces por dividir.


Fútbol educativo: ¿cómo poner lo colectivo de vuelta en el centro del juego?


Frente a esta lógica de rendimiento individual, Mauro Amato eligió una propuesta alternativa simple, casi radical en su contexto: premiar el objetivo colectivo, no el resultado.

En sus sesiones dentro de un centro juvenil de detención en La Plata, Argentina, el único premio que existe (cajitas de jugo de fruta adicionales) va al grupo que metió el gol más hermoso en equipo. No, no al mejor jugador y tampoco al equipo que ganó. Este cambio de enfoque del resultado es un método pedagógico más que una regla del juego. Al sacar la victoria como único objetivo, Mauro crea las condiciones de una motivación diferente, lo que los investigadores en psicología del deporte llaman motivación intrínseca, el corazón de la teoría de la autodeterminación (Deci & Ryan, 1985): el placer de jugar, el sentimiento de pertenencia y la autonomía priman sobre la presión externa del resultado.

El fútbol se convierte entonces, según sus propias palabras, "el vehículo", es decir, el medio a través del cual todo lo demás es posible: la cooperación, la confianza y la relación.

Al inicio de todo, lo que encontramos es el amor y el afecto a través de prácticas concretas: entrar en cada sala para saludar a cada uno antes de empezar, conocer los 30 nombres, mirar a los ojos, dar un abrazo en lugar de solo un apretón de manos. "El ingrediente principal es el primero de los valores: el amor. Todo sale de ahí."

Este enfoque se inscribe en lo que la filósofa Nel Noddings teorizó como la ética del cuidado: una relación educativa basada en la atención al otro, la reciprocidad y la responsabilidad del vínculo.

Mauro no pretende aplicar un método rígido. Él mismo dice que no tiene una metodología formal, armando cada sesión según lo que el grupo le devuelve: "Ando surfeando en la ola". Donde la industria del fútbol impone protocolos, él se adapta.


Cuando el fútbol se convierte en herramienta de inclusión: los efectos reales


Un año y medio después de que empezaron los talleres, los cambios son visibles y no solo según Mauro. Los profesores del lugar también lo notaron: los días de sesión, "la población está tranquila, está calmada". Una observación simple, pero importante: el fútbol jugado en este contexto produce una paz que trasciende la cancha y se esparce por todo el ambiente del lugar.

La reducción de la violencia es el cambio más evidente. En las primeras sesiones, los partidos seguían la ley del más fuerte: faltas continuas, insultos e incluso se acaparaban la pelota. Poco a poco, al poner límites claros y valorar la solidaridad sobre la dominación, Mauro vio cambiar los comportamientos. "Hay menos violencia": lo repite, como si fuera una evidencia que aún lo sorprende. Estos efectos coinciden con lo que la investigación en psicología social llama motivación prosocial o disposición a actuar por el bien del grupo en lugar de solo por interés propio (Grant, 2008).

Además de los partidos, hay transformaciones profundas que también ocurren: los días de lluvia, cuando la clase se cancela y Mauro y los jóvenes se juntan adentro, las conversaciones afloran. De forma espontánea e inesperada, algunos chicos hablan de su historia, de lo que lamentan y de su deseo de una vida diferente.

Según Mauro, uno de los momentos más fuertes sigue siendo la salida al estadio. Seis jóvenes pudieron ir a ver un partido de Estudiantes de La Plata, una primera vez para cada uno de ellos. Al regreso, en el minibús estacionado frente al lugar, uno de ellos dijo que no podía creer que volvía para allá: "Estaban viviendo otra realidad". Este momento dice algo esencial: acceder a una experiencia común: ver un partido, comer un pan con hot-dog en un parque, puede, en ciertas vidas, convertirse en un acto de ruptura y esperanza.


Fútbol y valores: ¿un modelo que se puede repetir en otros lugares?


El taller Fútbol y Valores no se quedó encerrado dentro de los muros del Instituto Legano. El proyecto empezó a difundirse en el complejo, que agrupa siete centros en el mismo lugar. Otros lugares expresaron que querían tener el programa.

La siguiente etapa ya está en marcha: una cancha de fútbol grande, que ha estado abandonada por mucho tiempo, podría ser habilitada para recibir partidos con clubes de afuera. La idea es permitir a los jóvenes jugar contra otros equipos, en un marco guiado por los valores del programa y abrir, quizás, posibilidades reales para cuando salgan.

Es precisamente aquí que Iniciativas Regenerativas ve potencial de repetición. No se trata de copiar un modelo, sino de extraer una filosofía: el deporte como espacio de cuidado, vínculo y sentido, en contextos donde la exclusión toma muchas formas. El enfoque de Mauro no tiene una metodología fija y eso es lo que lo hace transferible, de un club de barrio a un centro de detención, de una ciudad a otra.


Conclusión


A veces olvidamos que el fútbol, antes de ser un negocio, era un entretenimiento gratis, colectivo, al alcance de todos. Es precisamente ese fútbol el que Mauro Amato fue a revitalizar dándole significado.

En un centro penitenciario en las afueras de La Plata, donde pocos educadores se atreven a entrar, el fútbol volvió a ser lo que nunca debería haber dejado de ser: un espacio de encuentro, de esfuerzo compartido y de dignidad. Un lugar donde se aprende a ver al otro, a respetar una regla, a ganar juntos o a no ganar nada.

Lo que Iniciativas Regenerativas intenta documentar con esta historia es la prueba de que las prácticas regenerativas en el deporte no son un sueño: existen, funcionan y producen cambios reales en los cuerpos, en los comportamientos y en las miradas. Cuando es pensado como herramienta de cuidado y vínculo en lugar de como máquina de rendimiento, el deporte puede llegar a personas a las que las instituciones no logran alcanzar.

La pregunta que plantea Fútbol y Valores no es entonces técnica. Es política: ¿qué fútbol queremos transmitir? ¿Y a quién?


 
 
 

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